Cuando Albert Ortega salió de la prisión hace cuatro meses, estaba decidido a darle un giro a su vida. Así que se volvió verde.
El tráfico de drogas mantuvo a Ortega, que luce un tatuaje de un guerrero azteca en su espalda, un dragón en su pecho y el nombre de su antigua pandilla, los East Side Wilmas, en sus bíceps, tras las rejas durante buena parte de los últimos siete años. Pero después de cumplir su última condena, se enteró que había un curso de instalación de paneles solares.


